Es un precio que no podría pagar
Te miro para contemplarte
para jugar a que te tengo
Fantaseo con vos
con mi cuerpo encontrándote
Sueño con vos
estando con otro
Y vos también me mirás,
detrás de ese vidrio me mirás
Y me llamás a mirarte
a desearte, a foguearte
Histérico en tu pose de maniquí
sonriéndome y recordándome
cómo no puedo tenerte
Un día de estos
te voy a agarrar
y te voy a probar
A ver qué tal quedo
adentro tuyo
No te miro para tenerte.
Me rehuso a pagar ese precio
por un simple cacho de tela
al que le dicen "vestido de marca"
Sin ánimos de escribir grandes cosas, más bien con ánimos de escribir esas pequeñas cosas
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miércoles, 13 de junio de 2012
martes, 21 de febrero de 2012
Lo mío son las letras, carajo
Anoche mientras me dormía, empecé a esbozar los bocetos de tres nuevos textos, a saber: una crónica hiper subjetiva derivada de una vivencia reciente, el principio y el final de un cuento que simbolizará mi adolescencia, y algunos versos de un poemita que hablará de mis obsesiones.
Hoy cuando me levanté me esperaban, en cambio, una guía de problemas de Hidrocarburos, un apunte teórico sobre las tormentas eléctricas, y el informe de un Trabajo Práctico sobre la Ley Faraday-Lenz.
Mis materias y yo somos cargas del mismo nombre, nos repelemos eléctricamente. Es como si no hubiera química...
jueves, 12 de enero de 2012
Uno de esos recuerdos que me hacen llorar
En la entrada del departamento de Adela, había una mesita en la que reposaban dos floreros con rosas artificiales y tres portarretratos. En uno de esos portarretratos (éste tamaño 13 x 18) no se exibía una foto, sino una tarjeta-postal de las de "Felicidades" que se venden en los todo por dos pesos.
Un día, advertí que en esa tarjeta-postal, además del impreso "Felicidades", danzaban unas letras prolijísimas pero de pulso tembloroso. Tendría yo unos seis o siete años, o sea que hacía relativamente poco que mi abuelo faltaba. Estábamos Adela y yo en su casa, a punto de salir a dar una vuelta por el barrio o quizás a hacer unos mandados. Yo, parada frente a la puerta, me detuve un instante en el portarretratos, advirtiéndo las letras escritas a mano. Cuando Adela puso la llave en la cerradura, me volteé dispuesta a salir. Pero ella me dijo: "¿Querés leerla? Me la escribió el abuelo el día antes de morir. Él sabía que se iba a morir". Entonces la leí. "Chiquita: Te quiero hasta la eternidad. Gracias por los años vividos. Te amo con todo mi corazón. Enrique".
Nunca voy a olvidar esas palabras ni el escalofrío que sentí entonces. Con esa paciencia y humildad que la caracterizaban, Adela me estaba convidando con la última de las tantas cartitas de amor que mi abuelo supo dedicarle.
Acabo de recordarlo y, con lágrimas en los ojos y una sensación de ausencia en el pecho, necesité contarlo.
Un día, advertí que en esa tarjeta-postal, además del impreso "Felicidades", danzaban unas letras prolijísimas pero de pulso tembloroso. Tendría yo unos seis o siete años, o sea que hacía relativamente poco que mi abuelo faltaba. Estábamos Adela y yo en su casa, a punto de salir a dar una vuelta por el barrio o quizás a hacer unos mandados. Yo, parada frente a la puerta, me detuve un instante en el portarretratos, advirtiéndo las letras escritas a mano. Cuando Adela puso la llave en la cerradura, me volteé dispuesta a salir. Pero ella me dijo: "¿Querés leerla? Me la escribió el abuelo el día antes de morir. Él sabía que se iba a morir". Entonces la leí. "Chiquita: Te quiero hasta la eternidad. Gracias por los años vividos. Te amo con todo mi corazón. Enrique".
Nunca voy a olvidar esas palabras ni el escalofrío que sentí entonces. Con esa paciencia y humildad que la caracterizaban, Adela me estaba convidando con la última de las tantas cartitas de amor que mi abuelo supo dedicarle.
Acabo de recordarlo y, con lágrimas en los ojos y una sensación de ausencia en el pecho, necesité contarlo.
relativo a:
Cuento anécdotas,
Cuento familia,
Cuento mi infancia
lunes, 3 de octubre de 2011
Quizás no era el mejor momento de mi vida para ver este capítulo
Anoche me puse a llorar con la novela de Francella.
Todo el capítulo estaba atravesado por la idea de que hay que cerrar el pasado para abrirle paso al futuro.
La chica que iba a la agencia era Julieta, una mina que se había quedado en los '80, aparentemente por su ropa y por la música que bailaba, pero era porque nunca había podido superar al amor de su adolescencia. No paraba de nombrar al tal Darío, las cosas que hacían juntos, cómo se divertían, cómo lo extrañaba, a pesar de estar saliendo por primera vez con otro hombre y a pesar incluso (contaba ella) de haber estado casada durante ocho años con alguien. Darío seguía ahí, en su vida y en su corazón. Julieta le cuenta a Francella que terminaron cuando ambos cumplieron 20 años y que se prometieron que cuando cumplieran 40 se iban a reencontrar en su bar de siempre y que si estaban solos iban a compartir el resto de sus vidas. También le cuenta que ella efectivamente fue y él ni se apareció. Sale del boliche mamadísima y termina con Francella en la casa de Darío, que ya no era suya sino de su ex, que le dice a Julieta: "Así que vos sos Julieta... ¡y por tu culpa Darío nunca pudo quererme a mí! Tuve que acostumbrarme a vivir con tu fantasma, ¡hija de puta!". Entonces Julieta emprende la búsqueda de Darío, convencida de que a él le había pasado lo que a ella, de que él seguía extrañándola y deseándola con la misma vivacidad e intensidad que a los 20 años.
Francella encuentra al famoso Darío, que resultó ser un plomero gordo y pelado. Y resultó ser que sí se había presentado el día de sus 40, pero resulto ser que Julieta no lo había reconocido, "y ella estaba más linda que antes, la guacha". En el monólogo de Darío mis ojos se convirtieron en cataratas. "Cosa de pibes", decía, "Pensamos que nos iba a ser fácil encontrar otro amor, si nos pasó todo eso con el primero imaginate que todo lo que venía después iba a ser mucho mejor, ¿no? Cosa de pibes... Dijimos, así como canchereándola, bueno, cortémosla, veamos otras gentes..." Y más y más cataratas.
La historia termina simple y fácil. Efectivamente se reencuentran, se miran a los ojos, se besan, y viven felices para siempre.
Anoche me puse a llorar con la novela de Francella.
Y seguí llorando cuando terminó y también después, y hasta me acosté llorando.
lunes, 16 de mayo de 2011
Soñé muchas cosas
Soñé, por ejemplo, que nos íbamos a Tilcara/Bariloche (no estaba claro). Y que todos estaban listos y yo no sé por qué pero estaba llenando planillas de quién sabe qué. Y por alguna razón tenía mi bolso hecho desde hacía mucho tiempo.
Y soñé que yo me tenía que ir a bañar. Y en mi bañadera había una reunión de Lobo Suelto. Entonces le pedía a mis cumpas que me alcanzaran el shampoo. Y Santi me lo alcanzaba.
Y soné que Boca se iba a la B. Y era un quilombo.
Y todo el sueño transcurría en lo de L. Y L. dormía en la ex pieza de su hermana, y yo en la suya. Y lo iba a saludar (porque me estaba yendo de viaje con mi división, no sé a dónde), y él estaba tomando mate en la cama con el Suso.
Nota de color: Todos y todas estaban desnudos en mi sueño.
domingo, 15 de mayo de 2011
Reflexiones a próposito del casorio del año
(No de la boda real, sino del de la hermana de L.)
No sé si será porque en esa situación en particular, yo estaba jugando de visitante, era "la acompañante de", fui presentada a través de otro, y en definitiva estaba ahí a través de otro. Pero el caso es, que es terrible cómo los eventos sociales resultan tan reproductores del sistema patriarcal. Las parejas son un hombre y una mujer que lo acompaña, situada siempre atrás; los solteros son solteros, las solteras son solteronas.
Anoche, en un momento dado, se nos acerca una pareja amiga del padre de L. Él se pone a hablar de fútbol con L. Ella, al asumir que nosotras no podíamos participar en esa charla, empieza a hacerme comentarios tales como "Qué lindo el salón, ¿no?", "Está fresco acá afuera", "Qué emotiva fue la ceremonia", y finalmente -cuando ya no había más lugar para los comentarios huecos-, se dispone a hablarme de sus hijos. Así, de la nada, "Yo tengo una hija de tu edad, y otro más chico y blablblbalbablabalb". Los hombres hablan de fútbol, y las mujeres de hijos.
Yo no tengo hijos, a veces me gusta hablar de fútbol, y me sentí tan estúpida cuando no pude decir más que: "Qué lindo el vestido de Pali, ¿no?"
domingo, 1 de mayo de 2011
Fechas
La otra noche, L. me planteó algo que realmente lo aquejaba: ¿cuánto tiempo llevamos de relación ahora? ¿Qué día cumplimos meses? ¿El primero -como en los viejos tiempos- o el doce -fecha del reencuentro-? ¡Qué planteo!
Siempre me gustó que contáramos a partir del primero, es muy cómodo para no olvidarse. Y me parece de alguna forma mágico, es como renovarse mes a mes, no sé.
El 12, en cambio, me parece un sin sentido. ¿Es principio de mes? ¿Es fin de mes? Ni siquiera podemos decir que es mitad de mes... El 12 me desconcierta, como que no dice nada, un día totalmente intrascendente en el mes.
Pero además, ¿cuál es el trasfondo de contar a partir del 12? Si este 12 de mayo le recordara: "Hoy cumplimos dos meses", ¿tendría acaso sentido? Es cierto, sí, que si hoy le dijera: "Hoy cumplimos un año y diez meses", sería bastante hipócrita de mi parte, porque invisibilizaría una ruptura bastante importante. Pero... ¿qué son tres meses en veintidós? Obviamente en la historia esos tres meses fueron mucho y sobre todo ahora, en este recomienzo que es aún muy joven. Pero, en cuanto a los números, la verdad es que no hace la diferencia.
Hoy le mandé un mensaje que decía: "Felices (22-3) meses!". Creo que llegamos a un consenso, ¿no? Un poco incómodo y antiestético, pero consenso al fin.
domingo, 3 de abril de 2011
Te quiero libre, linda y loca
Anoche L. me dijo lo más lindo que un hombre le puede decir a una mujer:
"Me gustás porque sos libre"
Y como creo en la política prefigurativa,
lo tomo como una victoria del MoFemIR
(Movimiento Feminista Intra-Relación)
Ahora sí:
que después no me venga con que no me depilé...
"Me gustás porque sos libre"
Y como creo en la política prefigurativa,
lo tomo como una victoria del MoFemIR
(Movimiento Feminista Intra-Relación)
Ahora sí:
que después no me venga con que no me depilé...
relativo a:
Cuento anécdotas,
Cuento felicidad,
De cuando L.
domingo, 20 de febrero de 2011
Yo te avisé
Era una noche de julio. Recién empezaba a salir con L. Veníamos de un encuentro de formación (sobre los nuevos movimientos sociales en Latinoamérica). Llegamos a su casa. Me prendí un pucho. Me senté en la cama. Empecé a hablar. Vomité todas mis dudas y mis angustias. Que vamos muy rápido, que tengo miedos, que recién nos conocemos, que me encantás pero esto está mal, que no se supone que debería ser así, que lo que rápido viene rápido se va, que somos muy pendejos, que tengo muchos miedos, que tengo muchas dudas, que aflojemos, que bajemos un cambio, que recién van tres semanas, que tengo miedo, tengo miedo de volver a enamorarme y cagarlo todo.
-¿Quién dice qué es lento y qué es rápido? -muy seguro respondió-. Vayamos aprendiendo en el camino, como dicen los zapatistas -y me mató.
Como si fuera poco, después de un beso agregó:
-Me encanta verte así.
-¿Así cómo?
-Así... Siempre te mostrás dura y fuerte, pero me encanta saber que en el fondo sos así, blandita.
Y justamente así, me enamoró un poco más. Un gran rosquero, un gran discutidor, un romanticón, un habilidoso para desviar la conversación. Y cómo la desvió. Se me fueron los miedos, las angustias, los planteos, las preocupaciones, todo se fue cuando en seguida nos empezamos a besar y a desnudar tiernamente. Muy atrás quedaron los mambos.
Tres semanas llevábamos de "estar saliendo"; yo anticipé la incipiente simbiosis (y él me convenció de que no). Un año y medio de relación; el pelotudo vuelve sobre este temita (y me deja). Loco, ¿dónde quedó el autonomista romanticón que me enamoraba citándome al EZLN? Se había ido. Era un hecho: había que terminar. ¡Pero que después que no diga que yo no le avisé!
-¿Quién dice qué es lento y qué es rápido? -muy seguro respondió-. Vayamos aprendiendo en el camino, como dicen los zapatistas -y me mató.
Como si fuera poco, después de un beso agregó:
-Me encanta verte así.
-¿Así cómo?
-Así... Siempre te mostrás dura y fuerte, pero me encanta saber que en el fondo sos así, blandita.
Y justamente así, me enamoró un poco más. Un gran rosquero, un gran discutidor, un romanticón, un habilidoso para desviar la conversación. Y cómo la desvió. Se me fueron los miedos, las angustias, los planteos, las preocupaciones, todo se fue cuando en seguida nos empezamos a besar y a desnudar tiernamente. Muy atrás quedaron los mambos.
Tres semanas llevábamos de "estar saliendo"; yo anticipé la incipiente simbiosis (y él me convenció de que no). Un año y medio de relación; el pelotudo vuelve sobre este temita (y me deja). Loco, ¿dónde quedó el autonomista romanticón que me enamoraba citándome al EZLN? Se había ido. Era un hecho: había que terminar. ¡Pero que después que no diga que yo no le avisé!
relativo a:
Cuento anécdotas,
Cuento que soy ex,
De cuando L.
Salando las heridas
De vez en cuando, todavía evoco aquella tarde de julio, tan crucial para mi relación con L. La tarde en la que decidimos contarnos nuestras historias pasadas, el momento en que nos mostramos las heridas que nuestro corazón traía consigo, cuando hablamos de los otros para contarnos quiénes éramos nosotros. Capítulo por capítulo, desnudos en su cama. Por cada ilusión un mate, por cada angustia un cigarrillo, por cada dolor un beso. Qué duras esas etapas en las que la frase "No te quedó sueño por vengar y ya no esperás que te jueguen limpio nunca más", era la mayor verdad que podíamos escuchar; y cómo eso, al conocernos, había pasado a ser simple derrotismo.
Fue una tarde crucial, sin dudas. En muchos aspectos, pero ¿para qué?, prefiero recalcar el aspecto lindo. En palabras de la Maga (la verdadera, no esta simple admiradora que se reconoce en ella): "Yo creo que tengo que hacerlo aunque sea fatal (...) Vos me podías contar o no de tus amigas, pero yo tenía que decirte todo. Sabés, es la única manera de hacerlos irse antes de empezar a querer a otro hombre, la única manera de que pasen al otro lado de la puerta y nos dejen a los dos solos en esta pieza". Y así fue cómo, aquella tarde de julio, dejamos a nuestros "exs" del otro lado de la puerta, nos mostramos nuestros corazones rotos pero lo suficientemente maduros como para quedarnos solos en esa pieza. No lo dijimos explícitamente, pero cuando nos mirábamos, nuestros ojos le susurraban al otro: "No entiendo cómo no supieron quererte".
Fue una tarde crucial, sin dudas. En muchos aspectos, pero ¿para qué?, prefiero recalcar el aspecto lindo. En palabras de la Maga (la verdadera, no esta simple admiradora que se reconoce en ella): "Yo creo que tengo que hacerlo aunque sea fatal (...) Vos me podías contar o no de tus amigas, pero yo tenía que decirte todo. Sabés, es la única manera de hacerlos irse antes de empezar a querer a otro hombre, la única manera de que pasen al otro lado de la puerta y nos dejen a los dos solos en esta pieza". Y así fue cómo, aquella tarde de julio, dejamos a nuestros "exs" del otro lado de la puerta, nos mostramos nuestros corazones rotos pero lo suficientemente maduros como para quedarnos solos en esa pieza. No lo dijimos explícitamente, pero cuando nos mirábamos, nuestros ojos le susurraban al otro: "No entiendo cómo no supieron quererte".
(Pintó TERRIBLEMENTE el bajón.)
relativo a:
Cuento anécdotas,
Cuento que soy ex,
De cuando L.
La impuntualidad al palo
Soy una persona por de más impuntual. Lo sé, lo admito y lo sufro bastante. Pero poco a poco, voy comprobando que, más que de una cualidad propia, se trata de que el mundo no me permite despojarme de este karma. El mundo, los planetas, el cosmos, las leyes de la física, se alían para que yo sea impuntual, incluso en situaciones donde llegar tarde no es una posibilidad real.
El viernes, por ejemplo, superé severamente mi nivel de impuntualidad. Fue el día en que rendía mi examen de Inglés a las doce y media. También el día en que tenía reunión en mi casa a las seis y media. A eso de las dos de la tarde, ya había terminado de rendir (¡aprobada y todo!), y me estaba yendo a almorzar. Después, lo de siempre, pintó guetor, puerta del colegio, esperar a que salgan los demás, encontrarme con gente, etcéteras. Mi plan era arrancar del colegio con Seba tipo 6 o un cachito antes, como para llegar efectivamente, seis y media a mi casa. (Mis cumpas tampoco se caracterizan por la puntualidad y mi living estaba ordenado, así que nada me exigía tener que llegar mucho tiempo antes.) A las cinco y pico, me llama Santi para preguntarme la dirección exacta de mi casa, y me dice "que ya está yendo para allá". Sé que Santi vive cerca de casa, pero supuse que quizás estaba volviendo de algún otro lado y me llamaba desde el bondi; la cuestión es que no se me ocurrió decirle que yo todavía no estaba en casa, porque suponía que estaba en horario. A las seis lo llamo desesperada a Seba para saber dónde estaba, para que viniera rápido que nos teníamos que ir. Cuando uno se mueve en masas todo se atrasa un poquito, pero aún así a las seis y cuarto ya estábamos a punto de tomarnos el subte D. Vuelve a llamar Santi. "Eh estoy en la puerta de tu casa, ¿me bajás a abrir?", me sorprendió que llegara quince minutos antes de la reunión, y sólo alcancé a decirle -con total impunidad- que todavía no estaba en mi casa, que estaba yendo para allá, que ya llegaba (en media hora, con suerte). Nos tomamos la D, nos bajamos en 9 de Julio, enfilamos para la combinación, hora pico, mucho calor, mucha humedad, mucha gente, mucho de todo eso que uno odia de la city, esperamos la B, tardó en venir, nos la tomamos. Ni bien arranca el subte, yo anuncio con mucha serenidad: "Nos lo tomamos para el otro lado". Seba me responde, indignadamente sorprendido: "¿Cómo es posible? Es el subte que te tomás todos los santos días hace cuatro años para ir al colegio, ¡¿cómo es posible que te hayas equivocado?!". Yo tampoco dejo de sorprenderme pero en efecto, la estación siguiente fue Florida y no Uruguay. Teniendo en cuenta que tenía a un compañero esperando en la puerta de mi casa, que estaba llegando tarde a la reunión que yo había citado en mi propia casa, y que cuando uno rebota en el subte tiene que sumarle quince minutos más a los veinte que ya hay de Pellegrini a Malabia, sentencié: "Estamos un toque al horno". Me quedé pensando en lo extraño que era que Santi ya estuviera ahí, en que me llamara en un tono recriminatorio, en... y fue ahí cuando lo recordé: la reunión no era seis y media, sino cinco y media. O sea que mientras yo estaba ahí, en la estación Alem del subte B, recagada de calor, y con un nivel de histeria importante, estaba llegando no quince minutos, sino una hora tarde a la reunión que -repito- yo había citado en mi propia casa. La historia termina sencillamente: llegué a la puerta de mi casa a las siete de la tarde, y una caravana de diez compañeros estaban esperándome en la puerta de mi casa, mientras llovía y hacía mucho calor. Sigo sin poder creerlo...
No tenía que presentar la defensa de una tesis de quinientas páginas, y esperar después la evaluación y el resultado de un jurado de universitarios verdugos: tenía que rendir Inglés con Pernbaum. No tuve que esperar una larga fila de cuarenta estudiantes para que me llamaran a rendir el oral: fui la primera en rendir. No tenía otras cosas que hacer, un día agitado y a las corridas: estuve cuatro horas pelotudeando en la puerta del colegio. No tenía que viajar dos horas hasta Don Bosco para ir a la reunión: era en mi propia casa. No tenía que tomarme varios transportes desconocidos: tan sólo el mismo subte que me tomo todos los días. No había sido una larga cadena de mails en la que no había quedado claro cuál era el horario de la reunión: estaba clarito en el evento de Facebook, y lo había propuesto yo.
¿Ven cómo me fui alrrecarajo el viernes llegando una hora y media tarde a mi reunión? Pero no es posible que tamaña pelotudez, haya sido intencional.
lunes, 17 de enero de 2011
Glosario
Hace un tiempo, descubrí que mis amigas y yo deberíamos tatuarnos un Glosario en la espalda, con nuestras palabras y expresiones habituales. Cuando me relaciono con otras personas, caigo en la cuenta de que tenemos una forma muy particular de hablar. A los terceros suele gustarles, pero después de haber escuchado la explicación pertinente. Me di cuenta, también, que es muy divertido explicarlas, poner ejemplos, pensar situaciones, etc. Así que inauguro una nueva etiqueta en mi blog, en la que me tomaré el trabajo de exponer los significados y las posibles aplicaciones de nuestro lenguaje.
Arranco con un concepto complicado de comprender pero que cuando empezás a usar, ¡no podés parar!:
"Random" adj. inv. m/f, Literalmente, el Random es el Modo Aleatorio o Shuffle en los reproductores de música. La palabra se usa para expresar esa sensación de sorpresa fruto del salto de, por poner un ejemplo, "Sueño con serpientes" de Silvio Rodríguez, a "El lápiz japonés" de Yerba Brava, si es que uno a seleccionado la opción Reproducir Todo Mi música. Un salto de ese tipo, provoca en uno la sensación de "no tiene nada que ver". Ése es el espíritu que lleva consigo la expresión Random. Así, pueden existir personas random, situaciones random, canciones random, películas random... el término tiene un sinfín de aplicaciones acertadas. También tiene el espíritu de algunas de las acepciones de la simbología "(?)", quizás más universal para el resto de los mortales.
He aquí un ejemplo en el que se puede aplicar perfectamente la expresión "día random".
Domingo a la noche. Te encontrás frente a la computadora, conectada al MSN, con varias ventanas abiertas (una de ellas es la de un ex que te rompió el corazón, del que seguís enamoradísima y con el que volviste a hablar quién sabe por qué; otra es de tu amiga M.). De más está decir que estás más concentrada en la primer ventanilla que en la segunda; con esta última sólo hablás de adónde podrías ir el lunes que se avecina, feriado del 20 de junio. Deciden que van a ir a comprar ropa a Plaza Serrano con su amiga C., su amiga I. y su amiga V. Muy bien. Te vas a dormir.
Lunes a la tarde. Te encontrás con M., I., C., y V. en Plaza Serrano. Pero para tu sorpresa, también están presentes Jose Gilardi y Cami Arcucci, aún así respetás. Dan algunas vueltas por la Plaza, y terminan en Starbucks tomando un café. En eso, se encuentran con Gal, sisi, la prima de Mile. Ella explica muy aceleradamente que no le gustan sus nuevos compañeros de colegio porque son todos muy floggers (por ese entonces todavía lo eran), que lo único que quiere es irse de esa larga fila de rarezas que esperaban poder comprarse un café que baile electro. Ustedes, por lástima o porque la situación misma se dio, proponen irse furtivamente con Gal, pretendiendo que los floggers no lo notaran. Así lo hacen. La acompañan a Gal a la parada del bondi, y mientras caminan ella entra en un kiosko y les compra un Paragüitas de chocolate a cada una "para agradecerles". Se despiden de Gal que se toma algún colectivo que la lleva a su casa. Pasan un tiempo caminando, recorriendo, yendo de acá para allá, Plaza Las Heras, el Alto Palermo, calles, callecitas, avenidas. Llegan así a Corrientes y Gascón, quién sabe cómo. Discuten qué hacer. Jose Gilardi propone que su casa es muy cerca y que podrían ir caminando desde ahí. Todas acceden. Pero cuando llegan al lugar en cuestión, descubrís que Jose Gilardi vive a tres cuadras de tu casa, y que eso no es muy cerca de allá. Te maravilla lo inmensa, lujosa, y posmoderna que es la casa de Jose Gilardi. Cami Arcucci va al baño y vuelve con la noticia de que se indispuso, por lo cual le pide una toallita a Jose Gilardi. Toman jugo de naranja en el monoambiente del octavo piso de aquel monstruoso edificio que, como tantos otros, arruina la estética y el espíritu de tu barrio. Hablan de lo que pueden hablar y de otras cosas también. A nadie parece sorprenderle la situación de estar en la casa de aquella desconocida hablando de banalidades, excepto a vos. Todas se ven superficialmente felices, como si ésa fuera su vida habitual. ¿Cómo llegaste a esa instancia? Sólo el destino lo sabe.
Al cabo de un rato, parten cada una a su casa. (Y ya era de noche.) Llegás a tu casa, te tirás en la cama, mirás al techo, y te decís a vos misma: "Qué día random."
viernes, 14 de enero de 2011
Historieta
En esta anécdota no puedo haber tenido más de tres o quizás cuatro años.
Jugábamos con mi hermana K. "al restorán", sentadas en una mesita en el medio de la cocina. Mamá era la moza, creo. Yo pedí un plato de ravioles, creo.
Y entonces a la moza se le ocurrió preguntar qué hacíamos de nuestras vidas las clientas entonces presentes.
- Yo soy modelo -soñó K.
- ¿Y usted, señora? -inquirió Mamá dirigiéndose a mí.
- Yo soy Historieta -aseguré-, como mi mamá.
Seguramente se rieron de ternura, pero yo sentí que se burlaban.
- Historieta no, Pauli -tuvieron que explicarme-: Historiadora.
Pero a mí no me gustaba que me dijeran que estaba equivocada (¿"gustaba", dije?), así que creo que me fui enchinchada porque ellas no podían comprender que yo sólo quería ser como mi mamá. Ah, y poder jugar en paz "al restorán".
relativo a:
Cuento anécdotas,
Cuento familia,
Cuento mi infancia
miércoles, 12 de enero de 2011
Límites
De cuando L. y yo estábamos juntos, hay algo que no deja de parecerme curiosamente gracioso.
Nuestra relación aceleró los tiempos de una forma gigantemente agigantada, al punto de que nos creíamos un matrimonio adolescente viviendo en casas separadas (o alguna otra contradicción similar), y al punto de que la misma palabra "tiempo" se había convertido en un gran misterio indescifrable. De la misma forma en que el tiempo avanzó por nosotros, también nos entusiasmamos por compartir todo y por lograr la máxima confianza en muy poco tiempo. Quiero decir que nosotros morimos de una simbiositis aguda (y cuando digo aguda quiero decir que era grave). Y en ese mar que fundía lo suyo y lo mío en un gran lo nuestro, todo era válido y no nos privábamos de nada. O de casi nada.
Lo curiosamente gracioso es que había un límite muy claro: la caca. Ah, sí... porque yo podía estar meando en el inodoro mientras que a mí lado L. meaba en el bidet, y éramos capaces de leer el mismo libro al mismo tiempo, y cuando dormíamos separados L. me llamaba al levantarse para que yo no me quedara dormida, y llorábamos si yo tenía una fiesta y L. no estaba invitado, y cuando cocinábamos L. se encargaba por ejemplo de las milanesas y yo de la ensalada o viceversa y sentíamos que habíamos cocinado todo los dos, y si yo tenía que estudiar L. me cebaba mate y miraba el techo como si él también tuviera que estudiar, y así tantas otras cosas. Pero jamás se nos ocurrió cruzar el límite de la caca. Cuando L. decía: "Me voy a cagar", tomaba un libro y desaparecía por unos veinte minutos, en ese instante, efímero pero preciso, nuestros cuerpos volvían a ser dos y nos curábamos de la simbiositis por un rato.
Sólo una vez, y lo recuerdo perfectamente como si se tratara de hoy, estaba yo en su casa y L. no había aclarado adónde se iba después de cruzar la puerta de la habitación. Quién sabe en qué cosas estaría pensando yo que me distraje tanto, que me dirigí al pasillo, que doblé hacia el living, que me detuve en la puerta del baño, y que la abrí sin golpear. Me encontré con L. sentado en el inodoro, con el diario frente a sus ojos, abierto de par en par. Alzó la vista y puedo jurar que nunca antes había visto sus ojos así. Era una mezcla de impotencia y decepción: era la mismísima expresión del desengaño. Mi cara permaneció inmóvil, mis manos perplejas sólo alcanzaron a cerrar la puerta con toda la fuerza que tuve, y salí corriendo a encerrarme en su habitación. Los días siguientes a este episodio fueron duros, éramos como (y a la vez lo éramos) una pareja que trataba de reestablecer su vínculo luego de una traición imperdonable pero que igualmente perdonaba. Al lector podrá parecerle ridículo, desconozco si en otras relaciones está permitido o no cruzar este límite. Pero dese una idea, señor lector, de lo severo y tajante que significaba para L. y para mí, el límite de la caca.
¡Ay, L. querido! Si hubiéramos tomado tantas otras cosas como tomábamos el acto de cagar, si las hubiéramos respetado así, si las hubiéramos comprendido así, si hubiéramos sido tan sabios como lo fuimos con este único e irrepetible límite, probablemente entonces, no habríamos sido los mismos.
lunes, 10 de enero de 2011
el Hijo
Hay días en que fumo mucho, sí. Los días en que no me baño, no me depilo y no uso corpiño, coinciden con los días en que fumo mucho. Para mi fortuna, a la vuelta de mi casa hay un pequeño almacén ("lo de la Polaca") cuyos dueños -puedo asegurarlo- no duermen, velan todo el santo día porque el local permanezca abierto. Es muy práctico para mí que así sea. A veces la Polaca no está, y atiende su hijo. Creo que este Hijo es la persona que más desastroza me ha visto sobre la faz de la tierra. Y es que tiene que ver con lo que decía más arriba.
En la última semana, por ejemplo, pasé tres días sin bañarme. Sí. Tres días enteros. Y sin hacer otra cosa más que leer, escribir, tomar mate y dormir (ah, y ser feliz con eso). No salí a la calle más que para comprarle puchos a la Polaca (y a su Hijo). (Esta práctica la heredo de L., puedo jurar que antes de que él llegara a mi vida yo no hacía este tipo de cosas.) Durante esos tres días, el Hijo vio mi evolución, fue testigo de cómo poco a poco iba convirtiéndome en un monstruo. El primer día no estuvo tan mal; me había bañado el día anterior y la única herejía muy grave que cometí fue la de ponerme un short sin estar depilada, pero además de eso tenía puesta una remera blanca que me queda muy bien. El segundo día tampoco fue gran cosa; no me importó mucho estar sucia (sólo tomé la precaución de correrme el flequillo con una hebilla para que no se notara demasiado su grasitud), las dos herejías que cometí fueron esta vez la de ponerme un short -el mismo- sin estar depilada y la de no usar mis lentes de contacto y salir con anteojos. El tercer día ya fue más traumático, porque quise ocultar mi mugre y mi depresión; ésta vez las herejías fueron varias: me puse un pantalón largo para disimular mis pelos (pero eso hacía que me transpirara mucho la cara) y una musculosa que no combinaba (sin corpiño y sin depilarme las axilas), con respecto al pelo me puse una vincha que abarcara todo mi cuero cabelludo (porque incluso sin flequillo la grasitud chorreaba desde donde la miraras) y, lo cual es muy gracioso, opté por la no opción: ni anteojos ni lentes de contacto, salí al mundo completamente miope.
Así me presenté día tras día frente al Hijo. Y aunque nos hicimos amigos (ya nos tirábamos chistes y esas cosas), ni la más fresca sonrisa ni la más intensa mirada podían contrarrestar todo ese gran desastre que era yo.
Hoy quise redimirme porque ya me daba demasiada pena que el Hijo tuviera que ver semejante barrabasada. (Aclaro que el Hijo no me interesa como hombre en cuestión, en realidad no era tanto para cambiar su mirada, sino la mía.) Me bañé, me depilé, me empilché, me perfumé, me amigué con el corpiño, me peiné como corresponde, agarré una cartera de llaves y plata, y salí así a comprarle puchos al Hijo. Toda acicalada, toda tuneada, toda segura, toda linda.
El muy Hijo de puta no me reconoció.
sábado, 8 de enero de 2011
Cómo se pianta la vida
Una vez fui a cenar con mi familia al McDonald's de la Avenida San Martín. Yo tendría unos seis años, no más. Desde entonces cuando "se me pegan" las canciones no puedo sacarlas de mi cabeza, y entre tanto cuando me distraigo sumergida en mis pensamientos, de pronto suelto la frase que retumba en mis oídos. Fue así que esa noche, largué un "CÓOOMO SE PIAAANTA LA VIIIIDAAA" (versión Troilo-Goyeneche), y mis papás se rieron tiernamente.
Quizás fue desde ese momento que el tango empezó a ser parte de mí. Lo que es seguro es que cada vez que escucho éste, evoco la anécdota.
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